Las películas de Quentin Tarantino
son un gusto adquirido. Pero cuando uno logra entenderlas las disfruta como
verdaderas piezas únicas. “Perros de la calle” es fiel al estilo del director,
quién creó un sello propio tomando y uniendo conceptos y formas de distintos
géneros.
En homenaje al
cine gore Tarantino te asquea (sorpresivamente de forma agradable para el
espectador que disfruta de sus films) con baños de sangre exagerados, con
colores poco realistas y fluyendo de forma inverosímil. Al ser su segunda
película no se aprecia tanto como en los films que la sucedieron, pero nos da
un adelanto.
Mr. Orange
desangrándose en el auto y manchando, no casualmente, el tapizado de cuero
blanco y a su compañero de un leve rojizo. Ya desmayado en el depósito, y sin
haber muerto a pesar de tener una herida de bala en el estómago, el charco de
sangre sobre el que está es de un rojo casi bordó. Y nos deja con ganas de más:
el mismo director (en la piel del Mr. Brown) con un tiro en la cabeza, Mr. Blond
torturando a un policía.
La sensación de
querer más es constante en esta película. Empieza por el final: ya sabemos que
hay un herido de bala, que esos personajes están escapando de una persecución,
que se manejan por apodos, que de alguna forma conocen al perpetrador aunque no
se conocen entre ellos, que algo salió mal (aunque misteriosamente nunca vemos
el robo). De esta forma Tarantino construye la historia en base al suspenso y
no a la sorpresa.
Tarantino deja
contento a su público. Le da todo lo que espera de él: persecuciones y fuegos
cruzados a lo cow boy, diálogos inverosímiles con la mayor naturalidad
(imperdible el principio de la película con un debate profundo sobre el
significado de Like a Virgin, o conversaciones donde el crimen es cosa de todos
los días), sangre, relaciones personales en donde los sentimientos humanos
entorpecen el profesionalismo, excelentes actuaciones, personajes compuestos
desde lo psicológico y, gracias a todos estos elementos, su brillante originalidad a la hora de contar una historia.
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