martes, 10 de abril de 2012

El viaje, un viaje

Estación Malabia, sube Vicente con su timbal, pero muchos jurarían que ese hombre mayor que huele a alcohol siempre está en los andenes de “La B”. Silba una melodía que suena conocida, pero que se pierde entre los golpeteos sin armonía de su tambor y de sus gritos: “Tengo hambre”. Los pasajeros lo miran como queriendo preguntar por qué, pero enseguida agrega:”Quiero plata, para comprarme una botella de vino vinagre” o “Porque almorcé temprano”. Las miradas de compasión se convierten en risas, o en desaprobación. Pero el que aplaude, paga.
     Próxima estación. La puerta se abre y unas pelotas verdes entran volando en el aire. Parece magia, pero no; si uno se detiene ve a Ale. Cuando su actuación llega al punto culminante una esfera se cae, pero él vuelve a empezar y redobla la apuesta: sus malabares rebotan en el techo del vagón y vuelven como boomerangs a sus manos. Termina el acto y sonríe. Pide unas monedas “por favor”, y con eso sabe que se las gana.
     Para otros, el “permiso”; “buenas tardes”; “por favor” o cualquier otro ademán parecen olvidados, o incluso innecesarios para la temática subterránea. Una chica, de no más de 18 años, entra a las apuradas, llevándose a todos por delante, y mientras chequea su celular apoya en el regazo de los pasajeros un kit de costura. Devolviendo el gesto, la gente no le entrega su “producto” en la mano. Nadie le compra, para algunos todavía cuentan las formas y maneras amables.
El subte porteño, sin importar la línea que sea, es un mundo de esperables que se desarrollan con una cotidianeidad tediosa, pero que a la vez desconciertan cuando faltan.

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